miércoles, 14 de marzo de 2018

Otíñar, un paraje lleno de errores y "topicazos" históricos (VI): el supuesto conflicto de símbolos


Una verdad sin interés puede ser eclipsada por una falsedad emocionante
Alejandro Casona (1903-1965), dramaturgo español


En este nuevo post dedicado a desmantelar ciertos errores y topicazos históricos sobre el valle de Otíñar, nuevamente, traemos a colación la historia del valle en el siglo XX, y su intento de manipular su memoria histórica por unos pocos. Citando a mi buen amigo e historiador Manolo Fernández “si quieres cambiar el futuro, estudia el pasado…, pero no me cambies el pasado, pues sería engañarnos…”, todo en pos de una ficticia nostalgia de cualquier pasado, que como también dice Manolo Fernández “es legítima (…) en las películas personales de cada cual (…). Pero esa nostalgia deja de ser cosa personal, cuando afecta al presente. Y lo afecta de muchas formas, y la principal es la evasión al pasado que ofrece, postergando la intervención en el aquí y ahora”. En definitiva, desde la tarea que realizamos los historiadores nuestra verdadera labor es hacer efectiva la famosa de frase del poeta romántico inglés, Lord Byron, que dice: “El mejor profeta del futuro es el pasado”.

En el post anterior ya hablamos de una verdadera manipulación histórica cuando por parte de la llamada plataforma de Otíñar, se presentaba un informe a la Dirección General de Memoria Democrática de la Junta de Andalucía, firmado por su miembro Narciso Zafra de la Torre, en el que se venía a decir afirmaciones quiméricas e indocumentadas, como que el que fuera propietario de la Hacienda Santa Cristina tuvo implicación e incluso posible autoría en el bombardeo franquista de la ciudad de Jaén en 1937, que la denominación “Hacienda Santa Cristina” fue un invento de dicho propietario en la posguerra, o la presencia de un supuesto batallón o compañía en Santa Cristina tras la guerra con el objetivo de amedrentar y atemorizar a los colonos allí residentes (véase post anterior). En esta líneas hablaremos y seguiremos comentando el antedicho informe, en lo que en el mismo se titula “conflicto de símbolos”, donde hace especial mención a aspectos toponímicos y gentilicios.

Valle de Otíñar y parajes de las Vegas Altas
y Fuente de la Olivillla, desde el castillo.
Respecto al argumento que Zafra de la Torre ofrece sobre el supuesto conflicto entre la comunidad campesina y la propiedad latifundista y su reflejo en la toponimia, hay que indicar que el mismo en muchas partes no posee rigor histórico alguno ni está contrastado con fuentes documentales, pues sencillamente ni se citan, estando basado por lo tanto en la opinión subjetiva que este investigador tiene sobre lo que pudo haber pasado. Pese a no estar documentado, este tema es tomado por algunas personas, como el presidente de la plataforma de Otíñar, Juan Carlos Roldán, como una verdad absoluta, repitiendo la misma en diferentes medios de comunicación, lo cual hace que dicho error o quimera se expanda aún más.

Pasando a comentar lo expuesto por Zafra de la Torre, hay que indicar que no es cierto, como se señala en el escrito, que en 1824 la Corona desamortizara el paraje de Otíñar, pues queda demostrado que este pasó a manos privadas en 1827 y no antes. No siendo cierto tampoco que en 1845 no se cumplieran las condiciones establecidas por la Corona al fundador de Santa Cristina, que estaban basadas en la construcción de la aldea colonial y el establecimiento de quince familias, pues hay sobrada documentación que demuestra que desde la década de 1830 el núcleo de Santa Cristina ya existía como tal y estaba habitado por diferentes familias de colonos, como puede observarse en el padrón de vecinos de Otíñar de 1840.

Asimismo la justificación que ofrece al respecto, basada, primero en que los límites de la aldea eran los de una propiedad latifundista, dando a entender que no se cumplió con lo establecido con la Corona al no constituirse una aldea libre, y segundo en que, sin embargo, sí se convirtió en una propiedad latifundista en la cual la relación entre colonos y propietarios era meramente contractual al arrendarse casa, tierras, etc., no está contrastada con las fuentes y contexto histórico en que se desarrolló la colonización del valle de Otíñar en el s. XIX, como ya comentamos en un post anterior.

Trabajos agronómicos-catastrales de 1901. Fuente: AHPJ.
Igualmente, si apuntamos un poco más al respecto, cabe decir que cuando el fundador de Santa Cristina adquirió los terrenos que conformaron el heredamiento de Santa Cristina, éstos fueron vendidos por el Ayuntamiento de Jaén en 1827 a censo reservativo lo que suponía, según recogió incluso posteriormente el primer Código Civil, que a partir de ese momento los mismos pasaban al comprador en pleno dominio, teniendo éste que cumplir con lo mandado por la Corona (reconstrucción de Otíñar/construcción de Santa Cristina) y obligándose a pagar anualmente un canon, que finalizaría cuando se pagara el último plazo de la cantidad en que fue tasada la venta, 153.207 reales y 12 maravedíes, lo cual finalmente se hizo. Ante esto es lógico que en Santa Cristina no encontremos los elementos típicos de una población normal como son el contar con un término municipal propio, un concejo e instituciones municipales, así como la administración de justicia en primera instancia, pese a que la misma se le conocía como villa de Santa Cristina, título honorífico (no condición de iure) que le dio en 1831 la entonces reina consorte Mª Cristina de Borbón, tal cual recoge el diccionario de Pascual Madoz (1847). De hecho, la única figura de carácter concejil que se dará en Santa Cristina será la de un alcalde pedáneo o de barrio, la cual encontramos a partir del último tercio del siglo XIX, a raíz de la Ley Municipal de 1870, modificada posteriormente durante la Restauración, en cuyo artículo 34 se obligaba a que los espacios de población apartados del casco urbano contaran con esa figura, sin distinguir en que los mismos fueran aldeas o cortijadas, como ocurre, por ejemplo, en el caso de la cortijada de Lendínez (Torredonjimeno, Jaén), donde encontramos la figura de un alcalde pedáneo.

Vegas de Otíñar y paraje de las Alcandoras.
Tampoco tiene sentido ni está basado en documentación alguna el argumento que se ofrece sobre cómo de una relación contractual entre colono y fundador al poco tiempo de fundarse Santa Cristina, pasadas dos generaciones, dicho modelo cambia debido a que los vínculos de parentesco y vecindad otorgan a las nuevas generaciones de colonos otiñeros derechos sobre determinadas tierras, ya no solo por contrato, sino por la costumbre y el reconocimiento de los convecinos, lo que llevó a un conflicto por resistirse al dominio absoluto de la propiedad sobre la tierra que duró hasta la Guerra Civil. Como decimos esta interpretación interesada de la Historia no se corresponde con la realidad, pues tanto entonces como ahora los derechos sobre el uso y disfrute de un bien arrendado se dan mientras existe una relación contractual, la cual termina cuando una o ambas partes lo acuerdan, o se renueva cuando ambas partes están de acuerdo en ello. Ante esto, y sumado, como señalamos en otro post, a que en Santa Cristina se daba un modelo productivista y lucrativo, fue muy común que muchos colonos arrendatarios o aparceros de Santa Cristina, una vez conseguían prosperar y ganar dinero, marcharan a otros lugares donde invertían lo ganado en tierras y casa propias, como, por ejemplo, fue el caso muchos miembros de la familia Pareja, colonos valdepeñeros asentados en Santa Cristina desde su fundación, los cuales pasaron a residir a Los Villares a finales del siglo XIX, donde contaban con vínculos familiares. Igualmente podríamos citar el caso del que fuera colono Cándido Chica Buitrago (tío paterno de Juan A. Chica, alcalde  pedáneo socialista accidental de Santa Cristina durante la Guerra Civil), que en 1955 era propietario en el paraje de Puerto Alto del llamado Cortijo de Cándido, colindante con la Hacienda Santa Cristina. En dicho lugar este otiñero poseía una propiedad bastante amplia, con unas 103 ha. de tierra, de las que 25 eran de olivar, 75 de pasto y 3 de pinar, además de otras 75,15 ha. de tierra de pasto en el paraje de la Merced, colindante con el anterior terreno, que hoy día siguen disfrutando sus descendientes.

En otro orden de cosas y siguiendo con el comentario del trabajo que hace Narciso Zafra, no es cierto el argumento y reflexión que ofrece sobre el uso de los topónimos Otíñar y Santa Cristina, pues si bien como dice el paraje y antigua aldea se conocía y conoce indistintamente como Otíñar o Santa Cristina, según vemos en la documentación, el gentilicio que siempre han tenido los colonos o personas residentes en el valle fue el de otiñeros, no siendo éste jamás sustituido por el de santacristinenses, sencillamente porque dicho gentilicio nunca existió, ello es pura invención de Zafra de la Torre.

En este sentido tampoco es cierto el argumento que viene a decir que el topónimo preferido por los propietarios y administraciones fue el de Santa Cristina, mientras que el tradicional de Otíñar era usado por los vecinos de la aldea, siendo según Zafra de la Torre un elemento de resistencia frente a la propiedad latifundista. No entendemos a qué se debe dicho argumento pues desde luego no está basado en documentación alguna, ya que ésta ofrece precisamente una realidad distinta, pues vemos que desde la fundación de Santa Cristina hasta la actualidad los topónimos Otíñar y Santa Cristina han venido usándose indistintamente tanto por los propietarios[1], como por los colonos y administraciones públicas. Sirva como ejemplo un documento dirigido por el antiguo propietario José Rodríguez de Cueto a Confederación Hidrográfica del Guadalquivir donde hace mención a la “aldea de Otiñar” (véase post anterior).

Recibo de 1936 firmado por el alcalde pedáneo, Manuel Sutil.
Como ya señalamos en post anteriores, no podemos considerar tampoco como argumento sustentado, pues es una manipulación absoluta, el que se ofrece sobre el cambio de nombre de la aldea y que, según Zafra de la Torre, se da tras la Guerra Civil en que la propiedad “pasa oficialmente de ser Aldea de Otíñar a Hacienda Santa Cristina”, con lo cual se intenta legitimar, según él, la privatización de la zona y convertir a la comunidad campesina en jornaleros eventuales que trabajan en un latifundio. Comunidad que, prosigue diciendo, se desintegrará como parte del proceso de destrucción de la misma. Al respecto de esto, comentar nuevamente que desde su origen en 1827, Santa Cristina surge como una colonia agrícola o hacienda en virtud de las políticas colonizadoras de matiz liberal de principios del siglo XIX, tal y como hemos comentado ya, razón por la cual una vez se inscribe por primera vez en el Registro de la Propiedad en 1876 se describe la misma como “Una finca o heredamiento llamado de Otíñar situado en la Sierra de Jaén término de esta capital”. Recordemos que según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, un heredamiento consiste en una hacienda de campo. Pero, no obstante, el término hacienda para referirse a la propiedad ya se venía usando en el siglo XIX, como se ve, por ejemplo, en un protocolo notarial de 1876 donde se dice: “la mitad de los productos líquidos de la hacienda o heredamiento llamado de Santa Cristina ó Otiñar”. Pero es más incluso en varios recibos realizados al poco de iniciarse la Guerra Civil, algunos de ellos firmados por el entonces alcalde pedáneo socialista de Santa Cristina, D. Manuel Sutil Mata, se indica claramente "Hacienda Santa Cristina".

Tampoco resulta en este sentido un argumento de peso, el que se ofrece sobre la denominación que se daba a casas y tierras por parte de los colonos y sus descendientes, y que a consecuencia de ello los propietarios vieran como los derechos de apropiación y explotación de las familias arrendatarias limitaran los suyos, pues generalmente dichas denominaciones eran efímeras y su durabilidad empezaba y terminaba mientras las personas arrendatarias a las que hacía referencia vivían o pasaban pocos años de su muerte, cosa que ocurre en diferentes espacios agrícolas españoles. De hecho, si analizamos la documentación del valle desde el siglo XV podemos ver esa evolución toponímica y nominal en algunos casos se ha mantenido, en otros se ha modificado y en otros ha cambiado. Sirva como ejemplo el caso que indica Narciso Zafra sobre la llamada “Casa de Tía Virginia”[2], en alusión a su tía abuela paterna Virginia Buitrago Ramírez, nombre éste que se daba en el ámbito familiar, no aldeano, y que terminaría cuando Virginia Buitrago dejó de residir en dicha casa. Igual ocurrió con las diferentes suertes de tierra o espacios agrícolas donde los nombres fueron cambiando desde la fundación (según se observa en diferentes escrituras de arrendamiento) hasta la actualidad en que es posible que la nueva propiedad haya dado nuevos nombres a dichos espacios, conservando otros que se han venido dando desde la fundación de Santa Cristina, como el Hoyón, la Rinconada, Barranco de los Neveros, etc. Asimismo, resulta cuanto menos casi ingenuo lo apuntado por Zafra de la Torre cuando indica que como elemento de rebeldía los otiñeros no iban, por ejemplo, a la Calle de D. Jacinto Cañada, nº 12, sino a la Casa de Tía Virginia. Inaudito, pues no creo que cualquier persona, antes y ahora, a la hora de ir a casa de sus abuelos diga que va a la “Calle Nueva, nº 1” o en una declaración de bienes señale “Casa del abuelo Francisco” en lugar de “Calle Llana, nº 7”, como signo de rebeldía contra el sistema.

Plano de Santa Cristina realizado en 1888. Fuente: IEG.
Otro ejemplo de argumento erróneo históricamente que se ofrece sobre este aspecto es el que señala que hasta 1893 las calles de Santa Cristina se llamaban San Fernando y Virgen de las Mercedes, pasando a llamarse de calle de Don Jacinto Cañada y Plaza de Don Juan Antonio Martínez, lo cual es falso pues si bien en 1840 la calle principal se llamaba de San Fernando y la Plaza de la Constitución, en un plano realizado en 1888 por el ingeniero militar Luis Berges, se indicaba que ya entonces la calle principal era de Don Jacinto Cañada y la Plaza de Santa Cristina, pasando ésta a estar dedicada al que fuera propietario Don Juan Antonio Martínez, seguramente tras la muerte de éste en diciembre de 1888. Entendemos que quizá ello se deba a un lapsus. Tampoco es cierto que con ello se intentara remarcar el dominio privado sobre espacios de supuesto uso público, pues volvemos a reiterar que Santa Cristina surgió como una aldea colonial privada o particular, en la cual evidentemente el nombre del callejero era puesto por la propiedad y no por ninguna autoridad pública.

Como vemos la historia del valle de Otíñar sigue estando por escribir, pero esa historia, que sirve para conocer más y mejor su patrimonio, debe hacerse partiendo de un método y desde las fuentes documentales, principalmente, pues de lo contrario su redacción caería dentro del subjetivismo, hecho éste muy peligroso, pues la historia sería un campo abierto para la manipulación de cara a justificar un determinado interés. Ello nos devuelve a la frase de Manolo Fernández que citábamos al inicio de este post: “si quieres cambiar el futuro, estudia el pasado…, pero no me cambies el pasado, pues sería engañarnos…”.


José Carlos Gutiérrez Pérez




                [1] En la propia hoja de servicio de José Rodríguez de Cueto se indica varias veces que se le dé licencia por enfermedad para ir a “Otiña”. De igual forma en su acta de defunción consta que su enterramiento debía de ser en “Otíñar”. Hoja de Servicios de José Rodríguez de Cueto conservada en el Archivo General Militar de Segovia.
                [2] Recordar que muchas de las referencias toponímicas que se citan aquí y que Narciso Zafra recoge en un artículo, no son las que usaba la generalidad de los otiñeros, sino que más bien obedecen a las que usaba su padre, D. Cándido Zafra Buitrago, persona conocedora del valle que ayudó a Narciso en la elaboración de sus investigaciones sobre el mismo. Ello se refleja muy bien en algunos topónimos como “Casa de Tía Virginia” (Virginia Buitrago Ramírez, tía materna de D. Candido), Rotura del Tío Juan María (Juan María Ramírez, familiar por línea materna de D. Cándido), etc. Véase: Zafra de la Torre, N. (2004): «Nombrar, apropiar. Arqueología del paisaje y toponimia en la aldea de Otíñar (Jaén), (1300-2000 DNE)». Arqueología y Territorio Medieval, 13.2. Jaén, pp. 23-58

jueves, 26 de octubre de 2017

Otíñar, un paraje lleno de errores y "topicazos" históricos (V): algunos errores de Memoria Histórica

Por regla general no tengo por costumbre criticar los trabajos de investigación que realizan compañeros, ya sean historiadores, arqueólogos, etc. Quizá la visualización de unos pocos videos en las redes sociales sobre lo que está pasando en tierras catalanas, y la tremenda manipulación histórica que se enseña y vende, me hace nuevamente retomar este post. Manipulación que tiene desde su parte jocosa como el Americo Vespuccio o Santa Teresa de Jesús de origen catalán, a otra quizá más recóndita y académica que igualmente va desde señalar que el emperador Carlos V, fue rey de Castilla, Aragón y “Cataluña”, o que Rafael Casanova fue de los primeros patriotas catalanes en defender la independencia de Cataluña, argumentos, por otro lado, no basados en criterio histórico ydocumental alguno.

Santa Cristina
Al más puro estilo de lo que hemos dicho, hace varios meses me facilitaban un “estudio” presentado por una conocida plataforma, la cual en su decálogo de intenciones está la “Recuperación y defensa de la memoria de los pobladores de Otíñar”. El escrito venía a avalar la catalogación de la aldea de Santa Cristina/Otíñar como Lugar de Memoria Histórica, y estaba firmado por el arqueólogo y trabajador de la Delegación de la Junta de Andalucía, Narciso Zafra de la Torre, de ascendencia otiñera. Aunque reconozco que el asunto lo conocía por noticias de prensa publicadas hace varios meses, el interés por el asunto me llevó a conocerlo a fondo, pues la noticia en sí ya se las traía con ciertas afirmaciones y barbaridades.

En el presente post no es mi intención hacer un análisis exhaustivo de ese trabajo presentado por Narciso Zafra, a instancias de la plataforma, lo cual llevaría a hacer extenso artículo. Sin embargo, a modo de ejemplo citaremos tres aspectos que se tratan en su trabajo y que bajo la perspectiva histórica y de las propias fuentes documentales nos llevan a pensar en una manipulación histórica o elaboración de una historieta, lo cual considero, según mi punto de vista, grave, porque la Ley de Memoria Histórica estatal y andaluza deben considerarse algo serio dados sus fines y no un elemento para presentar el primer rumor que nos cuentan, y encima sin base documental y notas a pie de página, como suele decirse. Veamos los casos de forma cronológica:

Bombardeo de Jaén el 1-4-1937.
            1º) En el informe se viene a reflejar el rumor que decía que el propietario de la Hacienda Santa Cristina de Otíñar, a la sazón José Rodríguez de Cueto, oficial de la Guardia Civil durante la Guerra Civil (1936-1939), había sido “el instigador e incluso el autor del bombardeo de Jaén” el día 1-4-1937. Si bien cualquier investigador serio descartaría en un trabajo decir que Santa Teresa de Jesús era catalana, como hemos señalado al principio, en este caso un rumor sin base documental alguna se aporta como prueba histórica en un expediente para declarar un espacio Lugar de Memoria Histórica. No sabemos que lleva a Zafra de la Torre a aportar dicho dato erróneo y falso, pues ya no la propia documentación histórica, sino que el mayor experto en el bombardeo franquista de Jaén en 1937, Juan Cuevas Mata, autor del libro “El Bombardeo de Jaén. 1 de abril de 1937” (2013), viene a decirnos, que el instigador dicha acción no fue el entonces capitán Rodríguez de Cueto, sino el General Queipo de Llano, como represalia a un bombardeo que horas antes había realizado la aviación republicana en tierras cordobesas. Pero es más, la supuesta autoría del bombardeo que Narciso Zafra achaca a Rodríguez de Cueto está basada en un rumor del que no aporta fuente documental, pues la documentación histórica sobre el bombardeo y la propia hoja de servicios del capitán Rodríguez de Cueto nos dicen que dicho personaje nunca participó en aquel atroz suceso. ¿Se contrastó el rumor con las fuentes documentales y la bibliografía? No.

Detenciones en el campo andaluz durante la guerra
             2º) Otro ejemplo, del que tampoco se aporta referencias documentales sino tan solo rumores, es la supuesta llegada de un batallón o compañía del Ejército de Tierra a la aldea de Santa Cristina al terminar la Guerra Civil, el cual se instala durante dos meses en las casas de los colonos “repartiendo miedo y miseria” y realizando una “labor terrorista”, cuyo fin era supuestamente devolver las tierras de Otíñar a su antiguo dueño, tras serles incautadas a éste por las autoridades del Frente Popular en 1936, y posteriormente desposeer de las mismas a los colonos que durante el conflicto civil las habían colectivizado, deteniendo a las autoridades y responsables de la colectividad. Sin ánimo de ser exhaustivos, el propio sentido común ya nos viene a señalar algo que no cuadra en este argumento. Así, vistos diferentes ejemplos estudiados por reconocidos investigadores como Cobo Romero o Sánchez Tostado, resulta cuanto menos dudoso que al poco de terminar la guerra se destinara una desproporcionada cantidad de fuerza (batallón: 300 soldados aprox.; compañía: 100 soldados aprox.), para controlar la situación en un pequeño núcleo de población de la Sierra de Jaén de apenas 300 habitantes, y más si cabe cuando se dice que dichos hombres permanecen allí durante dos meses, con lo gravoso que el número de soldados y su manutención suponía para la finca. Ante tal afirmación indocumentada y falsa, cabe plantearse qué es lo que realmente nos dicen las fuentes documentales. Tras consultar en diferentes archivos militares y en los propios procesos judiciales sumarísimos elaborados por las autoridades franquistas al acabar la guerra, podemos ver cómo no aparece por ningún lado la presencia de un batallón o compañía de soldados en Santa Cristina. ¿Omisión? Imposible. Las fuentes únicamente nos dicen que el día anterior de acabar la guerra dos falangistas de Jaén fueron a Santa Cristina y detuvieron al alcalde pedáneo de la población, Manuel Sutil y a otro vecino, curiosamente, puestos en libertad al cabo de un año. No volvieron a practicarse más detenciones hasta finales de julio de 1939, en que un antiguo vecino de Santa Cristina fue detenido por dos vecinos de Los Villares en el valle de Otíñar por lanzar éste amenazas contra Franco y Rodríguez de Cueto. Visto esto, ¿de dónde sale el argumento de la presencia del batallón que reparte miedo y miseria, y realiza una labor terrorista en Otíñar? No lo sabemos, ¿invención? ¿historia ficticia?...
Recibo del propietario de la Hacienda Santa Cristina,
José Rodríguez de Cueto, al alcalde pedáneo socialista de
Santa Cristina, Manuel Sutil Mata, en agosto de 1936.

            3º) Otro caso, al que ya hicimos referencia en el post tercero dedicado a los topicazos y errores históricos sobre Otíñar, tiene que ver con la supuesta imposición que tras la guerra civil hace el propietario de Santa Cristina, José Rodríguez de Cueto, quien al parecer impone que a partir de entonces la aldea de Otíñar pasara a llamarse Hacienda Santa Cristina, siendo ésta última la denominación preferida y usada por dicho propietario. Si en el citado post ya hicimos referencia a que el término “Hacienda Santa Cristina” aparece en la documentación notarial de 1876 (60 años antes del inicio de la contienda civil), hemos podido localizar en este tiempo incluso algunos recibos o vales elaborados a los pocos días de iniciarse la guerra (algunos firmados por las propias autoridades pedáneas frentepopulistas de Santa Cristina) donde claramente se indica “Hacienda Santa Cristina”. Es más, también puede verse en la nueva documentación consultada cómo no está basado en documento alguno el argumento que señala Narciso Zafra, cuando señala que desde la propiedad se eliminó el uso del término aldea de Otíñar, pues en otro documento firmado por el propio José Rodríguez de Cueto y fechado en 1975, claramente puede verse cómo éste indica “aldea de Otíñar”.
Documento de 1975 donde Rodríguez de Cueto actúa
en representación de la aldea de Otíñar. 


En resumidas, cuentas creo que en los últimos años se está haciendo una manipulación histórica del pasado del valle de Otíñar desde ciertos sectores, cuyo motivo o interés no sabemos realmente cuál es, y que en el caso que hemos señalado se presenta como “prueba histórica” en el intento de declaración de la aldea de Santa Cristina/Otíñar como Lugar de Memoria Histórica, lo cual es más grave aún. Pese a ello, en mi opinión el que existan muy pocos estudios serios sobre este paraje no implica que su historia tenga que ser inventada o usada a modo de leyenda negra, pues siguiendo las palabras del historiador Ricardo García Cárcel: “La oscuridad es la fuente del imaginario especulativo más imaginativo, y la primera obligación de los historiadores es despejar sombras y dotar de la mayor transparencia los comportamientos de los personajes de nuestra historia”. Historia que es la que es, y no la que nos o les gustaría que hubiera sido. Aquí solo hemos expuesto tres casos, pero hay muchos más que continuaremos tratando en estos post sobre errores y topicazos históricos sobre el valle de Otíñar.


José Carlos Gutiérrez Pérez

viernes, 17 de marzo de 2017

Otíñar, un paraje lleno de errores y "topicazos" históricos (IV): el supuesto castillo templario de Otíñar

De errores y topicazos históricos está lleno el amplio espectro del patrimonio histórico-artístico español, y podríamos atrevernos a decir que mundial. No es necesario que nos vayamos a lugares recónditos de la geografía del Santo Reino de Jaén, en nuestro caso, para buscar algunos de esos ejemplos, donde la leyenda, la tradición o la invención literaria han jugado un papel importante al más puro estilo del conocido best seller “El Código Da Vinci”, de D. Brown.

En este sentido, citemos el caso de un lugar emblemático de la ciudad de Martos como es la llamada Cruz del Lloro, lugar en el que la tradición indica que llegó una jaula lanzada desde la Peña de Martos en cuyo interior iban los hermanos Carvajales, cuyo peculiar ajusticiamiento en 1312, por orden del monarca castellano Fernando IV, acabó con la muerte de estos dos hermanos. Según Lorenzo Morillas (1954) “en memoria de las lágrimas derramadas por el pueblo” se dio al espacio donde llegó la jaula el apelativo de Cruz del Lloro. Hasta aquí la
leyenda. Pero, ¿históricamente dicho episodio ocurrió de tal manera? A nuestro juicio no.
Cruz del Lloro (Martos),
dibujada por Gustavo Doré en el s. XIX.
Como toda leyenda en la que se mezclan datos históricos con otros ficticios, el caso de la Cruz de Lloro es más que posible que tuviera como origen algún cronicón de los que tanto abundaron en la España medieval y moderna, sin negar que históricamente queda demostrado el ajusticiamiento y muerte de dichos en hermanos en Martos, donde recibieron sepultura. Visto esto, a qué se debía el apelativo de “Cruz de Lloro”. En opinión del arqueólogo franciscano Alejandro Recio, residente en Martos, la famosa de Cruz del Lloro, compuesta por una columna coronada por una cruz de hierro, no es más que una antigua picota o rollo situada antaño a las afueras de Martos (hoy ya espacio urbano), donde se ajusticiaba y exponía a los delincuentes. Según me comentaba el Padre Recio hace años, llevaba tiempo intentando convencer a los marteños de que la Cruz del Lloro era un cambio silábico de Cruz del Rollo, verdadero y antiguo nombre del espacio. Pese a ello, los vecinos de Martos siguen creyendo en su mayoría la versión legendaria basada en la llegada de la jaula de los Carvajales hasta este lugar, la cual, dicho sea de paso, es más atrayente pues el lloro de un pueblo ante una injusticia regia no es lo mismo que un simple rollo o picota.

Al hilo de todo esto, en nuestro afán también por dar a conocer y resolver muchos de estos errores y topicazos históricos que para el caso encierra el valle de Otíñar a escasos kilómetros, por cierto, de la ciudad de Martos, donde está la Cruz del Lloro, traemos a colación en este post un nuevo error y topicazo histórico relacionado con el valle y su pasado medieval, como es la identificación que en muchas publicaciones se da del castillo de Otíñar como un castillo templario.

¿Fue el castillo de Otíñar una fortaleza templaria en algún momento? Rotundamente, tenemos que decir que no. A todo esto, cabe hacerse entonces la pregunta de ¿dónde sale el dato de que el castillo de Otíñar fue templario? La respuesta es simple, de una ficción literaria que el famoso escritor giennense Juan Eslava Galán creó en torno a la Mesa del Rey Salomón y a su supuesta localización en tierras giennenses. Alrededor de este relato, al cual Eslava Galán, o su pseudónimo literario Nicholas Wilcox, han dedicado varias novelas y libros (“La lápida templaria”, “Los templarios y otros enigmas medievales”, “El enigma del Mesa del Rey Salomón”, etc.), gira una historia trepidante propia de un guión cinematográfico, la cual no tiene nada que envidiar a otros best seller de escritores como Matilde Asensi, Julia Navarro o el propio Dan Brown. Pero como decimos, todo ello no deja de ser un universo imaginario en el cual el castillo de Otíñar fue una pequeña pieza más que Juan Eslava sitúa en el engranaje de una enrevesada ficción, localizándolo como un castillo templario situado en la línea telúrica que, según él, había entre la ciudad de Jaén y el valle de Otíñar. Ubicación que habrían elegido los templarios debido a la consideración de espacio sagrado y mágico del paraje desde tiempos prehistóricos.

Muro de tapial reforzado, en el que se aprecian
los mechinales para su construcción.
Hasta aquí lo que la leyenda e imaginación literaria cuenta. Pero, qué nos dice realmente la Historia y la arqueología. Precisamente la faceta de Eslava Galán como historiador, no como novelista, nos viene a decir en obras de temática histórica, como su libro “Los Castillos de Jaén” (1999), el verdadero origen y contexto del castillo de Otíñar, al cual nunca se refiere como una fortaleza templaria, dicho sea de paso. Según indica Eslava Galán en la citada obra, el castillo de Otíñar es de origen cristiano siendo construido en la segunda mitad del siglo XIII, sobre defensas más antiguas, pudiendo ser su alcazarejo realizado posteriormente ya en pleno siglo XIV. De hecho serán en este siglo XIV en el que también se creará la parroquia rural de Otíñar, lo que denota la importancia que tenía esta población como espacio situado en la vanguardia de la Frontera, comunicando directamente las tierras de la Campiña Sur con los pasos serranos que iban hacia la Granada nazarí, como en este caso los de la Cañada de la Hazadilla y el Valle del Quiebrajano. Lo dicho por Eslava Galán viene a ser refrendado por el profesor Vicente Salvatierra quien apunta a un origen islámico de las defensas de Otíñar en el siglo XI (quizá antes), que se refuerzan ya en época cristina durante el siglo XIII, una vez es conquistado el territorio por Fernando III (Salvatierra Cuenca, V., ed.: Guía Arqueológica de la Campiña de Jaén, 1995, p. 147).

Aparte de lo ya expuesto, qué más argumentos nos sirven para demostrar que el castillo de Otíñar no es ni fue templario. Pues evidentemente la ausencia de posesiones en las tierras del antiguo reino de Jaén de esta orden religioso-militar fundada a inicios del siglo XII. Aunque los templarios llegaron a pisar tierras giennenses durante la conocida batalla de las Navas de Tolosa (1212), dicha orden no estuvo entre las premiadas con tierras por los reyes castellanos en agradecimiento por la conquista del Valle del Guadalquivir, cosa que si recibieron otras, como las hispánicas de Calatrava o Santiago, más activas en dicha empresa. Precisamente, la de Calatrava contó con una serie de encomiendas muy cercanas al valle de Otíñar como las
Torre del Homenaje del castillo de Otíñar
de la Peña de Martos, Víboras, Alcaudete o Porcuna, de las cuales contamos con numerosa documentación sobre origen y evolución durante la Baja Edad Media. En cambio, los templarios si contaron con otras encomiendas y fortalezas por el territorio peninsular allende Sierra Morena tanto en el reino de Castilla (Ponferrada, Montalbán, Jerez de los Caballeros, Caravaca, etc.) como en la Corona de Aragón (Alfambra, Miravet, Corbins o Peñíscola, entre otros). En este sentido es interesante el libro del ya finado medievalista Gonzalo Martínez Díez, “Los templarios en los reinos de España” (2001), en el cual se analiza de manera rigurosa la historia del Temple y su presencia en la Península Ibérica, alejándose del ámbito imaginario y esotérico en los que se envuelve a esta orden. En esa obra, Martínez Díez viene a demostrar la inexistencia de elementos templarios en las tierras de Jaén, siquiera tras la disolución de la Orden en 1312, en que muchos han querido ver cómo los templarios peninsulares, declarados inocentes (excepto en Navarra) de los delitos supuestamente cometidos, pasaron a otras órdenes hispánicas como la de la Calatrava o la de Montesa, lo cual nunca quedó demostrado. En el caso de Otíñar llama también la atención, cómo justo en el momento en que se está dando la supresión de la Orden del Temple, en la aldea de Otíñar se está configurando una parroquia y se está procediendo a reforzar las defensas y construir nuevos elementos como el alcazarejo, según hemos visto, lo que confirma más ese no origen templario.


En conclusión, el castillo de Otíñar nunca fue un castillo templario pues tal denominación ha sido fruto de la ficción literaria, que en ocasiones la imaginación popular tiende a ir convirtiendo poco a poco en leyenda. Imaginación popular que también en su día inventó el emplazamiento que el último maestre templario, Jacobo de Molay, había lanzado desde la hoguera sobre el rey francés Felipe IV y el Papa Clemente V a comparecer ante el tribunal de Dios antes de que acabara el año 1314 y así dar cuenta de las injusticias y crímenes que contra la Orden del Temple habían perpetrado, dando pábulo a estos hechos las muertes primero del Papa y luego del rey francés el mismo año de 1314. Leyenda ésta, por cierto, muy parecida al emplazamiento ante el tribunal de Dios del rey castellano Fernando IV, por parte precisamente de los hermanos Alfonso y Pedro Carvajal, mandados ajusticiar por el rey en Martos, como hemos visto al principio, los cuales, dice la leyenda, habían pronosticado la muerte del rey al cabo del mes de su ajusticiamiento, lo que ocurrió en Jaén precisamente un 7 de septiembre de 1312.


José Carlos Gutiérrez Pérez

jueves, 19 de enero de 2017

Otíñar, un paraje lleno de errores y “topicazos” históricos (III): Hacienda Santa Cristina, ¿un invento de Rodríguez de Cueto?

No es nada nuevo que el valle de Otíñar es un lugar inhóspito en lo que a investigación histórica y arqueológica se refiere, lo cual no quiere decir que el mismo cuente con una gran riqueza a nivel patrimonial ya sea documental, arqueológica, artística, etnológica y geológica, razones que influyeron para declarar los diferentes elementos que en él encontramos como BIC. Sin embargo, pese a tener esos testigos de una historia que se remonta a miles y miles de años, todavía son muchísimas las preguntas sin responder que el valle de Otíñar aguarda. Aunque en el plano historiográfico poco a poco ese vacío se va supliendo con nuevos trabajos, todavía son muchos los topicazos y errores históricos que la historia otiñera arrastra, especialmente cuando los mismos son continuamente repetidos, en ocasiones por pseudohistoriadores-divulgadores, sin ser contrastados científicamente, o éstos se usan como arma política, lo cual es ya más peligroso.

Sello de la Hacienda "Santa Cristina"
Lejos de crear polémica, pues últimamente parece que cuando se habla de Otíñar, se habla de un “problema” o al menos eso se quiere vender, traigo a colación unas manifestaciones realizadas en la televisión municipal de Jaén la pasada primavera de 2016, por el presidente de la plataforma de Otíñar. Las mismas venían a decir algo así como que el copropietario de la Hacienda Santa Cristina entre las décadas de 1950 y 1960, más o menos, cambió el modo de producir de la finca pasando la aldea de Santa Cristina a convertirse en una hacienda, razón por la cual a partir de ese momento pasó a llamarse, como hemos dicho, “Hacienda Santa Cristina”. Entendemos que estas manifestaciones no son dichas de forma baladí y que las mismas se basan en alguna fuente. Evidentemente, en 2004 el arqueólogo Narciso Zafra de la Torre, descendiente por cierto de colonos de Santa Cristina, publicaba un interesante trabajo sobre toponimia del valle de Otíñar entre cuyos párrafos indicaba lo siguiente: “Tras la guerra civil los propietarios de Otíñar, una vez fracasada la experiencia colectivista republicana, reinstauran su poder, y libres ya de la obligación de vincularse con la población medieval de Otíñar por la necesidad de legitimar la privatización, y como parte de la desarticulación de la comunidad campesina vencida en la guerra, propician el nuevo bautizo de la propiedad que pasa oficialmente de ser Aldea de Otíñar a Hacienda Santa Cristina. No es ya una aldea sino una hacienda, no habrá más una comunidad campesina sino un latifundio explotado con jornaleros eventuales. Esta situación no se produce después de que la comunidad se desintegre sino como parte del proceso de destrucción de la misma, negándola aún viva. (…) El cambio de nombre de Aldea de Otíñar a Hacienda Santa Cristina que se impone tras la Guerra Civil es el complemento retórico que acompaña a las medidas adoptadas por el propietario para destruir la comunidad campesina, un estorbo anacrónico en la capitalización de la propiedad, que ahora se orienta a la producción industrializada.” (Arqueología y Territorio Medieval, 11.1).

"B.O.E.", nº 163, de 10 de julio de 1967.
Sin entrar en las razones que plantea Zafra de la Torre sobre la supuesta “desarticulación de la comunidad campesina vencida en la guerra”, tema éste sobre el que hablaremos en el futuro, llama poderosamente la atención como el supuesto cambio de nombre al que se hace mención no está basado en ninguna fuente documental según se ve en el artículo, ni se contrasta con las mismas. Cabe la posibilidad de que quizá dicha afirmación se basase en cómo a partir de la década de 1950 y 1960 proliferan las menciones a Hacienda Santa Cristina, lo cual no quiere decir que desaparezcan las que dicen aldea de Santa Cristina u Otíñar, véase por ejemplo el caso del Boletín Oficial del Estado que en la década de 1960 señalaba la finca llamada Otíñar.

Pero volviendo al título de este post, ¿el término Hacienda Santa Cristina fue un nuevo nombre que impuso el entonces copropietario, José Rodríguez de Cueto, para referirse así al territorio que ocupaban los terrenos que entre 1826 y 1827 fueron desamortizados y vendidos a censo reservativo a un particular, en este caso Jacinto Cañada Rojo?

Mª Cristina de Borbón-Dos Sicilias,
esposa de Fernando VII.
Haciendo un poco historia recordemos que en 1827 el citado Jacinto Cañada adquiría mediante venta a censo reservativo dos cuartos de la antigua Dehesa de Propios de la ciudad de Jaén, llamados la Parrilla y el Castillo de Otíñar. De esta manera el Ayuntamiento de Jaén, a instancias del rey Fernando VII, enajenaba esta parte de la dehesa al venderla a un particular con el fin de que en ella se reconstruyera en cuatro años la antigua Otíñar, despoblada desde finales de la Edad Media, obligación que asumía el comprador, junto con la de pagar un canon anual hasta que se terminara de pagar la cifra que se tasaron los citados cuartos (153.207 reales y 12 maravedís). Pese a que por cuestiones de emplazamiento se decide construir una nueva población cerca la medieval, la empresa que lleva Jacinto Cañada tarda en ejecutarse pero finalmente lo hace en 1831, año en que la esposa del rey, María Cristina de Borbón, es nombrada patrona de la nueva población a la cual concede el título honorífico de Villa (no de iure, ojo), mandando que a partir de entonces se llame Villa de Santa Cristina. Tras aprobar Fernando VII la nueva población en 1834, poco antes de morir éste, el mismo concede al fundador y financiador del proyecto una serie de privilegios entre los que se encontraba la exención fiscal y un título nobiliario, del que su poseedor nunca pagó los derechos reales, pese a usarlo.

Aldea de Santa Cristina 
e instalaciones agro-ganaderas de la hacienda.
Una vez llegado el momento de la colonización del nuevo espacio, la misma se da por iniciativa privada del fundador, siguiéndose los parámetros que la política y legislación colonizadora, surgida a raíz de la revolución liberal de las primeras décadas del XIX, marcaban y de las cuales el caso de Santa Cristina fue de los primeros en realizarse. Por entonces los conceptos de “colonia” y “colonizar”, habían cambiado de significado. Según investigadores como Gómez Benito, Monclús Fraga u Oyón Bañales, entre otros, el término colonia designaba entonces la idea de “granja-modelo”, entendida como el conjunto de asentamiento formado por una gran explotación capitalista, en la que se dan edificios funcionales y casas para los colonos, que son asalariados o aparceros de la empresa. Debido a ello, la estructura edificatoria de estas colonias (término con el que el propio fundador se refiere a Santa Cristina ya en la década de 1840) es generalmente cerrada, y toman como referente la factoría fabril, lo que hace que se dé un esquema acabado de organización funcional y disciplinaria del trabajo de la hacienda, donde el objetivo es preferentemente productivista y lucrativo. A todo esto hay que añadir que el ideal ruralista aquí es la dispersión de grandes haciendas capitalistas funcionalmente autónomas, en las que los trabajadores forman una comunidad por su vinculación a la hacienda y residencia en ésta, y no por su vinculación a ninguna entidad territorial de carácter local.

Trabajos agronómicos-catastrales de 1901.
Fuente: A.H.P.J.
Este modelo de colonización es precisamente es el que encontramos en Santa Cristina desde su fundación hasta la década de 1960, cuando tiene lugar la crisis de la agricultura y ganadería tradicionales en España que obliga a que el sistema productivo cambie. Por tanto, como vemos el territorio de Santa Cristina más que funcionar como el de una aldea normal, funcionaba como hemos visto como una hacienda. Así, por ejemplo, los colonos no eran vecinos permanentes de una comunidad, pues estaban sujetos a las tierras y viviendas mediante contratos de aparcería o arrendamiento de las suertes en los que se incluían las casas del núcleo poblacional, según reflejan los protocolos notariales, quedando fuera de esa comunidad en el caso en que el propietario no renovase los citados contratos. No obstante, en el caso de Santa Cristina esa permanencia sí se dio en muchos casos, pues aún siendo varios los casos en que algunos colonos pasaban por Santa Cristina de manera temporal, otros tantos renovaron dichos contratos de aparcería o arrendamiento de padres a hijos permaneciendo en la aldea durante casi siglo y medio. Como podemos ver tal aspecto era más propio de una hacienda o cortijada que de una aldea en sí, tal cual la entendemos o como la tuvo que entender en su día el pedagogo Luis Bello en sus viajes por las escuelas españoles en la década de 1920, ignorando muy posiblemente las circunstancias que hemos expuesto, aunque de dicho aspecto sí se percataron los ingenieros que en 1901 realizaron trabajos topográficos en el valle de Otíñar, refiriéndose a Santa Cristina como cortijada.

Pero pese funcionar como una hacienda, repetimos ¿dicho término fue inventado e impuesto por José Rodríguez de Cueto como se afirma? o ya existía anteriormente. En este caso la documentación histórica nos da la clave. Así en varios protocolos notariales de 1876, año en que se protocolariza la redención del censo impuesto en 1827 tras adquirir Jacinto Cañada la finca y la partición de bienes de la que fuera propietaria María del Carmen Martínez Nieto, observamos cómo a la hora de referirse a la propiedad en sí se usa mayormente el término “heredamiento” (hacienda de campo según el DRAE), pero también el de “hacienda”, el cual ese mismo año de 1876 pasa a constar en la primera inscripción registral de la finca según vemos en el Registro de la Propiedad hasta la actualidad.

Referencia al heredamiento o Hacienda de Santa Cristina
en un protocolo notarial de 1876. Fuente: A.H.P.J.

Visto esto cabe decir a modo de conclusión que el término “hacienda” aplicado a la aldea o finca de Santa Cristina no fue algo novedoso creado por José Rodríguez de Cueto e impuesto por éste tras la posguerra sustituyendo al de aldea, como indica Narciso Zafra, sino que el mismo ya existía y se utilizaba desde el siglo XIX para referirse a los terrenos desamortizados por el Ayuntamiento de Jaén en 1827, como consta en diferentes fuentes documentales. Asimismo, el funcionamiento de dicha finca, colonizada según la legislación surgida a raíz de las Cortes de Cádiz, fue el de una hacienda capitalista dotada de un núcleo poblacional o aldea particular, como ya describe Pascual Madoz en su diccionario geográfico de mediados del XIX, en el que vivieron los colonos arrendatarios y otros trabajadores hasta que se produce la crisis de la agricultura y ganadería tradicionales a partir de la segunda mitad del siglo pasado, la cual obligó a la emigración y a un cambio en el modelo de producción de la hacienda donde el colonato se sustituyó por la introducción de jornaleros o trabajadores, que suponían un coste mayor para la propiedad respecto al modelo anterior. Pero eso es ya otra historia.


José Carlos Gutiérrez Pérez

lunes, 9 de mayo de 2016

Otíñar, un paraje lleno de errores y “topicazos” históricos (II): el camino real de Carlos III

Tras hablar en la ocasión anterior sobre dos de los topicazos que tiene la historia de Otíñar (Jaén) en su haber, como son el supuesto señorío casi medieval, que según algunos se dio en aquella zona entre 1827 y la década de 1960 aproximadamente, así como el de la baronía que tras concederse nunca existió, pudimos ver cómo realmente esa baronía nunca llegó a ser efectiva y el espacio nunca llegó a funcionar como un señorío a la antigua usanza, pese a que en la documentación se nombrara como tal.

Carlos III. Rey de España.
Otro de los grandes "topicazos" que encierra el valle de Otíñar tiene relación con el llamado camino real de Jaén a Granada construido por Carlos III, del cual se hablado mucho recientemente en cuanto a su origen y trazado. En los últimos meses se ha venido diciendo sobre el mismo que era un camino real de época medieval, que Carlos III arregló haciéndolo pasar por donde posteriormente se construiría la aldea colonial de Santa Cristina, y que luego tras cruzar el río Quiebrajano iba siguiendo el camino de la Cañada de la Hazadilla hasta llegar a Campillo de Arenas, para enlazar con el antiguo camino de coches de Granada.

Visto todo esto, consideramos que no fue así, en base a lo que la documentación y el territorio nos ofrece. Pero vayamos por partes.

Respecto al origen es absurdo pensar que dicho camino real ya lo era en época medieval y que lo que hace Carlos III es hacer un mero arreglo. Evidentemente, no hay duda de que el valle de Otíñar estaría dotado de pasos serranos que sin duda servirían para comunicar, por ejemplo, el Otíñar medieval con la ciudad de Jaén. Pero decir que uno de esos pasos era un antiguo camino real que unía Jaén con Granada ya en época medieval es cuanto menos arriesgado y no basado en documentación alguna.

Castillo de Otíñar controlando el paso del valle.
La propia situación del castillo de Otíñar, construido en época cristina, nos indica que el espacio pudo ser un lugar frágil en la frontera entre Castilla y Granada establecida entre los siglos XIII al XV. Su construcción es muy posible que casi estuviera vinculada precisamente a la posibilidad de incursiones o razzias por esas tierras serranas, y la capacidad en este caso de poder servir de aviso a la ciudad de Jaén en caso de las mismas. Algo semejante encontramos en un lugar cercano como es Jamilena, cuyo castillo, hoy desaparecido, construido en el siglo XIII por la Orden de Calatrava tenía la función, entre otras, de controlar los pasos serranos de su entorno y de esta manera tener controlado el territorio que rodeaba la antigua villa de Martos.

Despoblado el valle de Otíñar ya en el siglo XV, quizá por la intensificación de esas razzias, en los siglos siguientes esos antiguos pasos serranos, que seguían paralelamente el tramo de los cauces de ríos y arroyos (vías naturales), se siguieron aprovechando tras convertirse la zona en un espacio de dehesa, una vez la Iglesia fue desvinculándose también de muchas propiedades (huertas, hazas…) en la zona. Quizá en el momento en Carlos III decide aprovechar uno de esos antiguos pasos para la construcción de un camino real de herradura que uniría Jaén con Granada, arreglando eso si el difícil paso de la Escaleruela, lo hiciera con el objetivo de retomar un viejo proyecto repoblador en Otíñar ya frustrado en época de su antepasada Juana I de Castilla, pero de ese proyecto repoblador ilustrado no nos ha llegado documentación alguna.

Fragmento del Mapa del Reino de Jaén,
de Tomás López (1787), donde todavía no aparecía
el camino real construido por Carlos III.
Pero volvamos al meollo. Qué nos lleva a decir que Carlos III nunca reformó sino que construyó un camino real, como incluso apunta el profesor López Cordero. Para decir esto nos basamos principalmente en las cartografías y documentación de finales del siglo XVIII. Partimos de esta apreciación en base a la información que nos aporta el mapa del Reino de Jaén realizado por el geógrafo real Tomás López en 1787, basadas en la documentación y relaciones que a éste le fueron enviadas por los párrocos de la diócesis de Jaén en el último tercio del siglo XVIII. En dicho plano podemos advertir cómo el geógrafo señala (a parte de núcleos de población, santuarios, etc.) toda la red de caminos reales que existía en el momento en que le son remitidas las relaciones o informes por los párrocos.

En el caso del valle de Otíñar podemos advertir cómo no aparece reflejado el citado camino real de herradura de Jaén a Granada, del que hasta el momento pensábamos tenía como tal ese origen remoto, medieval, y que fue en 1784 cuando se construyó el mismo, según se ve en el hito caminero situado en el llamado Peñón del Vítor. No podemos pensar en una omisión por parte del geógrafo en base a un posible desuso, recordemos que por aquel entonces el paso desde Jaén hacia Granada se hacía por la llamada carretera de coches que pasaba por La Cerradura, o bien por el paso que iba por Alcalá la Real ya fuera por Martos o la sierra de Valdepeñas, como atestiguan diferentes documentos y trabajos. En este sentido nos surge la pregunta de porqué si el camino es terminado en 1784, no aparece en el plano del geógrafo real Tomás López elaborado en 1787. La pregunta es muy simple. Dado que el geógrafo elabora dicho mapa en base a la información que le aportan los párrocos hay que señalar que esta información le es emitida por los párrocos en el año 1781.

Por tanto aclarado el origen este camino real de herradura que como hemos dicho se realiza a finales del siglo XVIII, queda el tema del trazado que seguía el mismo especialmente en dos tramos que consideramos no ocupaba dicho camino, como son el supuesto paso por lo que fue luego Santa Cristina y por la Cañada de la Hazadilla.

Hito caminero de Carlos III, realizado tras la cosntrucción
del camino. Conocido popularmente como Vítor.
En el caso del paso por Santa Cristina, aldea colonial construida por iniciativa privada ya en 1831, resulta muy complicado, pues no hay razón lógica para que un camino que seguía el cauce del río Quiebrajano, una vez entraba en el valle no aprovechara la llanura que ofrecía la parte baja del mismo, y por el contrario se dedicara a subir hasta el paraje del Covarrón, una pequeña meseta, para luego volver a bajar con un desnivel importante. ¿Qué sentido tenía? Ninguno. Con toda seguridad el camino seguiría rumbo Sur el cauce del río Quiebrajano (actual carretera del pantano) dejando en su margen izquierdo las llamadas vegas de Otíñar. En esa trayectoria entendemos que el camino no se desviaba por la Cañada de la Hazadilla, pues dicho camino era una antigua cañada que servía a los ganaderos de Campillo de Arenas y Carchelejo para mover sus rebaños a la antigua dehesa real de Otíñar o a otros puntos, según consta en los libros capitulares del ayuntamiento de Jaén. Ya Alfredo Cazabán nos decía en 1930 que el camino real de Jaén a Granada a su paso por Otíñar seguía hasta Alcalá la Real con lo cual es muy posible que al llegar dicho camino al paraje de Castañeda este siguiera por el Parrizoso hasta Valdepeñas para comunicar con el camino de Alcalá la Real a Granada. Ello resulta más lógico pues al igual que este camino usaba el cauce del río Quiebrajano, en el caso del camino de coches de Granada usaba el río Guadalbullón mientras transcurría el mismo por la sierra.

No cabe duda que esa articulación norte-sur que daba el camino a todo el valle fue muy tenida en cuenta una vez se vende a censo parte del valle al funcionario real, Jacinto Cañada. Éste tras desestimar la reconstrucción de la antigua Otíñar por su arriscado emplazamiento, decide construir a sus expensas un nuevo Otíñar en esa zona amesetada del Covarrón, antes citada, aprovechando la posición estratégica que le brindaba la misma y la cercanía a este camino real, al cual unió lo que sería Santa Cristina con un carril que permitía así comunicar la aldea colonial con la ciudad de Jaén. Hoy dicho camino podemos decir que se encuentra fosilizado en parte en el tramo de carretera provincial que va desde por el valle siguiendo por la carretera del pantano por donde seguía el mismo hasta Castañeda.

José Carlos Gutiérrez Pérez

martes, 9 de febrero de 2016

Otíñar, un paraje lleno de errores y "topicazos" históricos (I): El supuesto señorío y baronía

El valle de Otíñar, muy cercano a la ciudad de Jaén, es un paraje natural impresionante que llama la atención del visitante nada más adentrarse en él. Dicho espacio ofrece al visitante muchas sorpresas y tesoros históricos que guarda y que se pierden en la noche de los tiempos. El hombre primitivo ya dejó su huella aquí hace miles de años dejando números yacimientos, entre los que se encuentran varias cuevas con pinturas rupestres esquemáticas. No obstante, esa presencia humana no se quedó ahí y siguió estando presente en el valle hasta nuestros días, en que todavía sigue vinculada a él. La villa romana del laurel, el castillo medieval de Otíñar, el hito caminero de Carlos III, o la colonia de Santa Cristina, entre otros, son testigos callados de esa presencia.

Pese a ello, el valle sigue siendo a nivel histórico un enigma que lleva al historiador a embriagarse con el elixir de los misterios que todavía quedan por resolver. Igualmente, la escasez de documentación y de trabajos de investigación sobre este espacio, el cual abarca incluso una superficie mayor que la de pueblos cercanos como Jamilena, ha hecho que no se dé tampoco un revisionismo de esas fuentes documentales y de lo ya investigado. Tal hecho, ha conllevado a que surjan errores y “topicazos” históricos enquistados en el tiempo, de los cuales la provincia de Jaén está repleta todavía. Recordemos el caso de Martos, donde todavía hoy muchos creen que la condesa que defendió la villa en 1227 del entonces reyezuelo musulmán de Arjona, al-Ahmar , fue doña Mencía de Haro, cuando en realidad fue Irene de Urgel, primera esposa de Alvar Pérez de Castro, que por entonces ostentaba la tenencia de la villa de Martos.

En el presente post vamos a corregir un error histórico que ha acarreado el valle de Otíñar
Firma de Jacinto Cañada Rojo, fundador de Santa Cristina
desde el siglo XIX, y que tiene que ver con la construcción y establecimiento en el mismo de una colonia agroganadera, que se denominó, incluso por sus fundadores, como Señorío de Otíñar o Santa Cristina, y a la cual se asoció un supuesto título nobiliario. Dicho problema arranca cuando en 1827 el funcionario real, Jacinto Cañada Rojo, vecino de Jaén, adquiere mediante compra a censo los llamados cuartos de la Parrilla y del Castillo de Otíñar. Un territorio que hasta entonces había pertenecido a los propios del concejo de Jaén, pero que debido a la legislación desamortizadora surgida de la Constitución de Cádiz (1812), permitió al rey Fernando VII conceder permiso al citado funcionario real para que por iniciativa particular creara una nueva población o colonia en dicho espacio serrano situado al sur del término municipal de Jaén. La nueva población gozó del favor real, llegando la reina consorte Mª Cristina de Borbón a declararse patrona del núcleo poblacional, que pasaría a llamarse Santa Cristina, en su honor, así como de la capilla o iglesia del mismo. Ello ocurría en el año 1831, y dos años después, en 1833, poco antes de morir el “rey felón”, éste aprobaba la nueva población de Santa Cristina concediendo a su fundador diferentes privilegios entre los que estaba un título nobiliario, por haber construido de su propio pecunio la nueva población, según lo acordado.

A partir de aquí nos encontramos con una serie de incoherencias y errores que no sabemos hasta qué punto partían de la ignorancia de los colonos de Santa Cristina y algunos vecinos de Jaén, o del aprovechamiento que el fundador de Santa Cristina y sus posteriores herederos hicieron de esa ignorancia en su propio beneficio. Todo viene por la denominación de todo el espacio adquirido por Jacinto Cañada Rojo, como Señorío de Otíñar o Santa Cristina, y la referencia a dicho personaje como Barón de Otíñar.

Respecto a la baronía, a la cual todavía se hace referencia en algunos blogs y páginas de Internet como título ostentando por los antiguos propietarios de la finca, decir que, según las últimas investigaciones realizadas, dicho título jamás existió, al menos de manera efectiva, como ya sospechaba la profesora López Arandia. Si bien es cierto que el rey prometió conceder un título nobiliario a Jacinto Cañada una vez construyó Santa Cristina, la verdad es que el mismo nunca gozó de sanción legal o validez a tenor del registro de títulos existentes en el archivo del Ministerio de Justicia, donde no consta. Es cierto, que en muchas ocasiones el propio Jacinto Cañada aparece en documentos indicando que es Barón de Otíñar, e incluso en uno de sus testamentos manda que una sobrina y heredara ostentase el título que al parecer poseía. De igual forma, los colonos de Santa Cristina y algunos vecinos de Jaén, al referirse a dicho fundador y a los posteriores propietarios de la finca, siempre denominaron a los mismos como los barones de Otíñar. No obstante, la realidad fue diferente, pues, como hemos dicho, ese título nunca gozó de sanción legal y por tanto de efectividad, quedando el mismo como una denominación que estas personas concedían a los dueños de la finca y como una “autotitulación” que éstos se daban y aceptaban para si. No podemos considerar pues que
Fernando VII, rey de España.
existiera una baronía de Otíñar, ya que dicha mención se hacía en documentos como los protocolos notariales, donde el escribano reflejaba aquello que los otorgantes le indicaban, no teniendo porqué verificar que dicha persona fuera barón, comerciante o jornalero. Otro dato documental es la propia lápida sepulcral de Jacinto Cañada Rojo, sita en la antigua iglesia de Santa Cristina, donde no se hace mención alguna a la baronía y sí a la condición de fundador de Santa Cristina y de su iglesia, lo cual es raro dado la rimbombancia que se daba a dicho titulo. Las razones por las que nunca se llegó a conceder dicho título nobiliario no se conocen todavía, y son tema de futuras investigaciones. Se ha apuntado a la posibilidad de que Cañada no cumpliese lo pactado con el rey en la construcción de Santa Cristina; aunque tampoco podría descartarse que dicha concesión se produce poco antes de morir Fernando VII, tras cuya muerte la reina Mª Cristina ostentó la regencia con el apoyo de los liberales, enemigos políticos de Jacinto Cañada, que hasta ese momento era un acérrimo absolutista, como apunta Lara Martín-Portugués, no concediéndose finalmente el ansiado título.

Algo parecido a lo anterior encontramos con la denominación y catalogación de la finca como un señorío. Evidentemente, el diccionario de la RAE ofrece muchas acepciones sobre la palabra “señor”, pero cuando se lee la bibliografía y documentación sobre Santa Cristina y Otíñar, la que más se aproxima es la que dice: “persona que poseía estados y lugares con dominio y jurisdicción, o con solo prestaciones territoriales, que se convirtieron en mero título nobiliario”. Así la propia profesora López Arandia se refiere a Santa Cristina como un señorío anacrónico en pleno siglo XIX, quizá en base al reconocimiento que Jacinto Cañada se daba como dueño y señor de Santa Cristina, y que vemos en la documentación notarial, pero también al funcionamiento interno de esta extensa finca, donde los colonos no contaban con la propiedad ni de las casas que habitaban ni de las tierras que explotaban, pues las mismas las disfrutaban en régimen de aparcería o arrendamiento. La realidad era que Santa Cristina, más que funcionar como un señorío territorial o una aldea/villa libre, lo hacía como una colonia agroganadera, cuyos antecedentes los encontramos ya en la década en que se constituye (1820), cuando, antes de ser comprado el terreno por su fundador, el ayuntamiento de Jaén ya quiso establecer en la zona una colonia.

Según los trabajos de investigadores como Monclús Fraga, Oyón Bañales, Gómez Benito y Gimeno, tras la Guerra de la Independencia (1808-1814) y pasados unos años de la repoblación de Sierra Morena, la política colonizadora en España se reanudó. Ya durante el primer tercio del siglo XIX comenzaron a verse algunos cambios motivados por el empuje de la revolución liberal y la lenta llegada al campo de las relaciones capitalistas. Ante ello, la nueva legislación colonizadora daba más protagonismo a la iniciativa privada, apoyada por el Estado, y en lugar de centrarse en aspectos sociales, lo hacía en los económicos vigilando el aumento de la productividad de los terrenos.

Santa Cristina es uno de los primeros ejemplos claros de esa política colonizadora que se está dando en el momento en que es fundada, ya que por entonces los conceptos de “colonia” y “colonizar”, habían cambiado de significado. Según los investigadores citados anteriormente, el término colonia designaba entonces la idea de “granja-modelo”, entendida como conjunto de asentamiento formado por una gran explotación capitalista, en la que se dan edificios funcionales y casas para los colonos, que son asalariados o aparceros de la empresa. La estructura edificatoria de estas colonias es generalmente cerrada, y toman como referente la factoría fabril, lo que hace que se dé un esquema acabado de organización funcional y disciplinaria del trabajo de la hacienda, donde el objetivo es preferentemente productivista y lucrativo. A todo esto hay que añadir que el ideal ruralista aquí es la dispersión de grandes haciendas capitalistas funcionalmente autónomas (Mata Begid es un ejemplo cercano), en las que los trabajadores forman una comunidad por su vinculación a la hacienda y residencia en ésta, y no por su vinculación a ninguna entidad territorial de carácter local. En opinión de Gómez Benito “este ideal ruralista se distancia de lo urbano”. Por tanto, en el momento de fundarse Santa Cristina no se hace como “empresa colonizadora a la vieja usanza”, como apunta Narciso Zafra, pues como hemos visto la colonización se hizo conforme a las leyes y postulados de la época, algunos de los cuales siguieron dándose, en parte, en las décadas siguientes, como encontramos en el caso de la colonia agrícola de San Pedro de Alcántara, en Marbella (Málaga), construida en 1860 por el general Miguel Vitali.

Visto esto entendemos que la denominación de Santa Cristina como señorío, no se debía a que la misma funcionara como un señorío territorial, sino más bien a la identificación de la finca como propiedad de un dueño o señor, lo que condujo a entenderla como un señorío
Vista de la hacienda Santa Cristina a mediados del siglo XX
cuasi feudal, debido a la condición de los colonos como trabajadores del mismo. A cuenta de ello viene muy bien lo que escribe Luis Bello, periodista y escritor vinculado a la generación del 98 y a la del 14, el cual cuando visita Santa Cristina en la década de 1920 la describe como una aldea con amo, cuyo funcionamiento considera anticuado y atrasado para su época. Con todo, la condición de señorío de Santa Cristina, en su acepción de señorío territorial, ya citado, no hubiera podido ser posible al poco tiempo de ser constituido supuestamente el mismo en la tercera década del siglo XIX y en las décadas siguientes, pues una vez se produce la regencia de Mª Cristina de Borbón, y los liberales moderados llegan al gobierno, se dio la abolición definitiva del régimen señorial con la legislación de 1837, con la que se ponía fin a esta manera de entender la propiedad.

Como podemos ver, la historia del valle de Otíñar encierra todavía muchas incógnitas y posee muchos errores que deben ser corregidos para poder entender mejor su pasado. Por tanto, tenemos que concluir que, pese a denominarse señorío y baronía, Santa Cristina tuvo un funcionamiento más propio de una colonia agroganadera fundada por iniciativa privada, y surgida del espíritu de la revolución liberal que emanó de las Cortes de Cádiz. Privacidad que a día de hoy aún mantiene el territorio.


José Carlos Gutiérrez Pérez