martes, 26 de noviembre de 2013

Las formas y los fondos

LAS FORMAS Y LOS FONDOS (relato corto con motivo del Día contra la Violencia de género)
José Carlos Gutiérrez Pérez.

Era la primera vez que Julia accedía a un archivo histórico en los tres años que llevaba como estudiante de Historia en la universidad. La ilusión embargó su cuerpo, aquella apacible tarde, nada más pisar las galerías altas de la catedral, donde se encontraban decenas y decenas de viejas estanterías, que albergaban miles de legajos y libros, si cabe, mucho más antiguos que éstas. Ello hizo que apenas atendiera al saludo que el ordenanza del archivo le dirigió.

Aquella tarde, Julia tenía claro cuál era el objetivo que había planteado para el trabajo de su asignatura de tercer curso: el matrimonio en la comarca donde vivía durante el siglo XVIII. Días antes, su profesor le había proporcionado una guía del archivo y una serie de referencias concretas de algunos legajos que contenían información sobre la zona de su futuro estudio. De esta manera, el profesor procuraba que su pupila no fuera dando palos de ciego en un archivo tan enorme, que ni siquiera él controlaba al cien por cien, pese a los muchos años y horas que había pasado en el mismo, quemándose los ojos en polvorientos papeles con letras ilegibles.

Después de marcarse un plan de trabajo, Julia decidió empezar por los documentos más antiguos. Tras entregarle al ordenanza un papel con las referencias que necesitaba, éste le comunicó que tardaría unos pocos minutos en traerle los documentos, puesto que los mismos se hallaban en la sala más alejada. No le importó la demora a la joven investigadora. Esperaría.

Una vez tuvo los viejos legajos sobre la enorme mesa que ocupaba, Julia empezó a leerlos. Su atenta lectura sólo se interrumpía cuando anotaba en unas cuartillas los datos que le interesaban para su estudio. Después de consultar varios expedientes matrimoniales -la mayoría de ellos realizados a causa de solicitar los contrayentes dispensa por ser parientes- llegó a las manos de la joven un grueso expediente. En la primera página de mismo se indicaba los nombres de dos cónyuges, seguidos por el año 1723 y la palabra “Separación”.

Un halo de sorpresa cruzó la mente de Julia, pero, como había hecho con los documentos anteriores, comenzó con ojos analíticos la lectura de aquel texto. En sus líneas, escritas con una caligrafía antigua y algo deficiente, se podía leer el caso de una mujer, que ante las continuas palizas que le propinaba su esposo, denunciaba a éste ante la justicia, solicitando al obispado la separación del mismo. Todo ello explicado al detalle, con declaraciones de testigos incluso.

Sorprendida por el hallazgo que había realizado, su todavía exigua formación histórica no le permitía entender cómo era posible que algo tan a la orden del día en la actualidad, como era la separación conyugal o el divorcio, pudiera darse ya hace casi 300 años. Sus dudas se esfumaron cuando consultó el tema al investigador que se sentaba a su derecha, un señor ya bastante mayor, que vestía un llamativa americana color azul pastel. Amablemente, éste le explicó a Julia que los casos de separación conyugal se habían dado desde tiempos muy remotos, aunque no eran la tónica general, principalmente porque acarreaban procesos judiciales costosos que sólo las familias con cierto poderío económico podían afrontar. A continuación, el viejo investigador apostilló que las separaciones que se daban, siempre se hacían por motivos muy probados o de fuerza mayor, como eran los malos tratos, no llegando, en ocasiones, a materializarse una separación efectiva sobre el papel, pero sí física.

Aclarado el tema, Julia volvió a releer con nuevos ojos el documento que tenía entre sus manos, entendiendo cada línea, descifrando cada letra, hilvanando cada idea, cada cuestión que le surgía. Entonces se preguntó: ¿qué ocurriría si este caso lo sacara fuera de su cronología? Quizá, contado el mismo a un vecino de su barrio, éste le dijese que tales hechos eran semejantes a los que había escuchado hace unos días por la radio o leído en el periódico.

En ese instante, la joven sintió un escalofrío que le recorrió todo su cuerpo. Siempre había pensado que, en su evolución, el ser humano actual era mejor que en tiempos pretéritos por diversas circunstancias tecnológicas, ideológicas…, pero el documento que sostenía sobre sus blancas manos le hizo entender que en la Historia lo que cambian son las formas pero no los fondos. El impulso que llevaba a un marido a maltratar a su esposa, e incluso matarla, era el mismo que había hace trescientos años, que el que se daba en la actualidad. Sólo cambiaba la manera, el arma, los motivos, pero el impulso violento era desgraciadamente idéntico.

Tras abandonar el archivo, Julia se dio cuenta de que ese día había aprendido una gran lección.

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